El gobierno del camarada Sánchez
ha creado una Comisión de la Verdad -no es broma pese al sonido orwelliano que
tiene la cosa-para esclarecer las violaciones de derechos humanos durante la
guerra civil y el franquismo. Como toda comisión-la célebre Cheka era otra
comisión-necesita un presidente, y quién mejor que el jurista de reconocido
prestigio Baltasar Garzón para comandar esa nave de la justicia extemporánea y fraudulenta. No
sería osado aventurar que tal comisión, si nos centramos en la guerra civil, sólo
investigará los crímenes presuntamente cometidos por el bando vencedor,
soslayando las tropelías cometidas por los vencidos, que fueron los auténticos chekistas.
Siempre se dijo, y con razón, que
los republicanos perdieron la guerra pero ganaron la literatura, si bien
también ganaron la batalla de la propaganda. Ahora, casi cien años después, van
más allá y pretenden ganar otra batalla, la de la Verdad. Y cuando Verdad se escribe
con mayúsculas y precisa del presupuesto público es lo más parecido a la
mentira. Y para ello nada mejor que un gestor para esa comisión como aquel que
otrora bautizaron como el juez campeador, el mismo que devino en prevaricador.
Y es que prevaricar y mentir son acciones que siempre fueron de la mano.


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