El Cagari, así lo definió uno de
los guardias civiles que practicó su detención; el fulano en cuestión, Zabarte
Arregui, el carnicero de Mondragón, se cagó encima cuando fue detenido por hombres
de la 513 ª Comandancia de la Guardia Civil con sede en Inchaurrondo. No es el
único etarra que se rinde de una forma tan poco honrosa, será el triste destino del
gudari. Lo mejor no fue que se cagase en los pantalones, sino que se entregó como
un cobarde mientras sus dos compañeros de fechorías se enfrentaban a tiros a
los agentes de la Unidad de Intervención Espacial del Instituto Armado. Es más,
en la refriega sus dos compañeros, antes de morir acribillados, le decían que diese la cara, que para algo
era el jefe del comando. Pero no fue posible, prefirió entregarse, jiñarse y
pasar una buena temporada entre rejas para luego, merced a la generosidad del
Régimen del 78, volver a su pueblo para seguir haciendo proselitismo.
He aquí lo que con buen acierto
definió Rogelio Alonso como la derrota del vencedor, no en vano el ahora
finado decía, entre vinos y pinchos, que él no asesinó sino que ejecutó. A
veces el tórrido verano deja buenas noticias, aunque estén preñadas de un tufo
insoportable a mierda.


