El camarada Sánchez anuncia un
plan para impedir que los menores de 16 años puedan acceder a las redes
sociales. El camarada, cuando vienen mal dadas, véase el caos ferroviario, saca
un conejo de la chistera para entretener al personal, lo que recuerda, salvando
las distancias, a Stalin, que no tenía reparos en purgar a miles de disidentes y
campesinos cuando la producción era una porquería.
De inicio, llama la atención que
se fije el límite en los 16 y no en los 18 años, pero alguna razón habrá en el
diseño de la norma que escapa al común de los mortales, como tampoco sabemos
cuál será el control tecnológico efectivo para que esa barrera no sea burlada
por el menor que decide ser un verso suelto y que a tan tierna edad, y pese a
que no pueda votar, ya desconfía de cualquier clase de gobernante y que, como
decía el clásico, no tiene interés en iniciar ningún camino de servidumbre.
Pero el camarada Sánchez no da puntada sin hilo, y así, entre las medidas prometidas, hay una muy curiosa: implantar en esas redes una huella de odio y polarización.
Para qué, se pregunta intrigado el vulgo. Pues para demostrar cómo esas
plataformas alimentan la división y amplifican el odio. Acabáramos.
El concepto de odio está más o
menos claro desde la óptica del gobierno, pero no ocurre lo mismo con la
polarización. ¿Es sinónimo de sectarismo? ¿Tal vez división? ¿Por ventura
estamos ante el cainismo con el que se adornan a garrotazos los españoles? Sólo
el camarada Sánchez y su sanedrín lo saben. En cualquier caso, todo se traducirá
en sanciones económicas y penales-más delitos en los juzgados-para dichas
plataformas, o el algoritmo como enemigo a batir. Eso sí, y como colofón ante
este nuevo campo de batalla, el PP reivindica la norma futura y nos cuenta que
ellos ya propusieron en su día algo parecido. En fin, no parece que en esto último haya
mucha polarización.


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