Un etarra con un largo historial
criminal burla la prisión, al menos la más severa, para disfrutar un régimen de
semilibertad. Automáticamente, como un resorte, saltan todas las alarmas de un
régimen en descomposición: cómo hemos llegado a esto, escarnio a las víctimas,
no hay derecho, que si el tal Marlaska está vendido, pero claro, ahora es
competencia de la comunidad autónoma vasca, si sigue teniendo esa denominación,
y así hasta la náusea.
Odia el delito y compadece al
delincuente es ya, y desde hace tiempo, máxima meliflua que ya no aparece en
los manuales de Derecho Penal, si acaso en los de criminología, mamotretos insufribles diseñados para que puedan
ascender funcionarios de policía o de prisiones. Y qué más da este caso, se
pregunta el respetable, si otros criminales de reconocido prestigio y alejados
del ámbito terrorista acortan sus penas sin que los medios se hagan eco. Quizá
en el caso del etarra ahora agraciado, pero eso el común de los respetables lo ignore,
asome aquel diagnóstico certero de Rogelio Alonso plasmado en La derrota del
vencedor. Ha llovido desde su publicación, pero seguirá lloviendo, y otros
criminales de la misma naturaleza seguirán saliendo. Como setas.


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