Si algo caracteriza de verdad al Caso Nóos, paradigma de la corrupción institucional, eso es la insoportable obscenidad que sobre él sobrevuela constantemente. Porque obscena es la actitud del fiscal en su lucha denodada porque la Infanta se vaya de rositas sin pisar la rampa del Juzgado de Palma, y tanto es su empeño en ello que ha hecho suya la doctrina del funesto Bacigalupo, aquélla que asociaba, cuando se tratada de personajes notables, imputar, o inculpar, con estigmatizar. Parece que aquellas palabras del monarca sobre la igualdad de todos ante la ley iban referidas al hijo del vecino.
Obsceno es que aparezca el jefe de la Casa Real, casualmente el mismo día del aquelarre proetarra en el matadero de Durango, para exigir que acabe ya de una vez-sólo le faltó añadir ¡cabrones!-la instrucción de una causa tan compleja como la que lleva el juez Castro, un hombre al que muchos ya no saben cómo difamar, ya sea por carácter campechano, ya sea porque accedió a la judicatura por esa puerta de atrás que es el cuarto turno, como si el Rey o su hija hubiesen accedido al cargo tras dura oposición, o elección por el populacho.
Más obsceno, si cabe, y por aquello de que no hay ética sin estética, es que la defensa de la Infanta se encargue a un jurista de reconocido prestigio, todo un padre de esta poco agraciada Constitución que trabaja con ahínco por la secesión de Cataluña, lo que avala que el Rey y su entorno ya sólo pretenden salvar el culo, siéndoles indiferente el precio a pagar, o que el Reino que un día se herede sea un poco más pequeño de lo habitual.
Y obscenos, en fin, gacetilleros y tertulianos que, abonándose a la justificación de los medios por el fin deseado, una estabilidad que sólo beneficia a unos cuantos, proponen correr un tupido velo sobre el papel de la Infanta en una trama que por encima de otras consideraciones evidencia, como gusta decir a Pérez Reverte, que aquí faltó guillotina. Aunque puestos a salvar tan gloriosa y necesaria institución, siempre tendremos al solícito Marhuenda dispuesto a ofrecerse para lo que haga falta, aunque sea de paje, o de palanganero.


