Narrada en primera persona y
ocultándose tras el protagonista, el legionario Gustavo Pedrol de Nieva, Fermín
Galán nos relata con pelos y señales y sin tapujos la crudeza de la Guerra de
Marruecos, un experimento colonial que terminó en sangría humana y política y
en el que desempeñó un papel principal el novedoso Tercio de Extranjeros, la
unidad de élite en la que el autor sirvió como teniente, obteniendo la Cruz Laureada de San
Fernando tras una heroica acción que salvó la vida de muchos de sus hombres. En
una auténtica novela de guerra, escrita sin concesiones y a un ritmo
vertiginoso y siempre lineal, confluyen las acciones militares, descritas con
impresionante realismo y tremenda violencia, y la vida de cuartel, siempre a la
espera tensa del combate, el cuerpo a cuerpo en las trincheras y el ocio
legionario de unos hombres que, como expresa el autor, son voluntarios de una voluntad ajena, desheredados o inadaptados a los
que la vida civil, una barbarie
organizada plagada de injusticias y desigualdades, nada ofrece, empujando al
alistamiento aventurero y al noviazgo con la muerte, porque es ella, esa leal
compañera de la canción, la gran protagonista de la novela, de principio a fin,
sin distinción de militares o civiles, viejos, mujeres o niños.
La obra posee una profunda carga política, una
tremenda crítica social en la que el autor, militar de carrera de ideología
izquierdista, muestra de manera diáfana una faceta muy típica de los militares
de la época: la intervención en política, a la que activamente se dedicará tras
su regreso de la Legión y que le llevará a escribir Nueva Creación, obra política donde consagrará una suerte de
anarcosindicalismo que pueda acabar con la barbarie. En Novela del Tercio se sirve para ello de
Gustavo Pedrol, hombre joven de escasa fortuna y mucha desgracia y sin ningún
horizonte vital y moral que no sea la mera supervivencia, quien prueba fortuna
alistándose en la Legión, huyendo de todo y de todos, buscando en la guerra una
especie de redención muy difícil, por no decir imposible, de definir, quizá la
muerte como gloria y liberación, pues nos hallamos ante un tipo nada
militarista, alguien que detesta la guerra pero que acaba cayendo sin remisión
en la brutalidad que ésta conlleva, la misma que atesoran sus compañeros de
armas, tan desgraciados como él y con más veteranía en el Tercio y que son
perfectamente retratados por el autor con tanta sencillez como contundencia
tiene su prosa: imposible no ver en estos personajes a los Hermanito, Porta, Viejo, Legionario o Heide de las ya míticas
novelas de Sven Hassel, tipos tan nobles como duros e irracionales, productos manufacturados
por la maquinaria bélica para luchar y sufrir, vencer- rara vez- o morir, carne
de cañón que reventaba en cualquier zanja y que sólo gozaba de la gloria del
soldado anónimo.
La aventura finaliza con el
licenciamiento del protagonista tras su paso por el hospital, una vez perdidos todos sus compañeros en el
combate y con la amarga sensación de no haber ganado nada, de volver al punto
de partida, un civil más sin oficio ni beneficio, alguien tan anónimo como
siempre fue y al que le espera nuevamente la civilización y la barbarie y que
cargado de dolor no puede menos que proferir:
Los ojos de mi experiencia me muestran las
manifestaciones brutales de la civilización en su vida interna y externa. Y
temo a medida que el tren avanza. Temo llegar a los centros de la vida
civilizada. Temo que el tren se detenga. Temo el momento de apearme. El momento
de hallarme solo en esta espléndida barbarie organizada.
La obra, un excelente documento
histórico no exento de valor literario, se cierra con un interesante epílogo: el
prólogo a la primera edición escrito por Francisco Galán, hermano del autor,
también militar y organizador del Quinto Regimiento durante la Guerra Civil , y dos
declaraciones de antiguos legionarios que sirvieron a las órdenes de Fermín
Galán y que fueron fundamentales para la concesión a éste de la Laureada de San Fernando
por su actuación durante aquella guerra que tanto detestaba.
4 comentarios:
Potente.
Me viene a la cabeza la de Arturo Barea en La Forja de un rebelde. Aunque aquél personaje más que héroe condenado por los astros y carne de cañón consciente noble e irracional riéndose de su destino que describes en tu retrato era furriel ventajista de lamento en la retaguardia…¡¡si no recuerdo mal, pues la leí hace mil años!!.
Los condenados españoles disfrutan de un plus que se ahorran sus equivalentes anónimos europeos empujados a la tragedia, el desprecio y el olvido. Han sido necesarios 100 años para que el Regimiento de Alcántara recibiese la laureada de San Fernando. País.
Aquí, Fuga, las condecoraciones que dan brillo son aquellas que se reparten a saco, como la de Isabel la Católica. Es lo que hay, es lo merecido.
Las condecoraciones merecidas en este pais tardan decenios, con suerte.
Las no merecidas o dignas de sospecha las dan rápido, vease, version civil, el toisón de oro o los premios principes de asturias.
De hecho, creo acertado mirar de reojo a cualquier premiado en este pais.
Hablando de premiados y galardonados, no podemos olvidar la vasta colección de medallas que atesoran algunos de nuestros jueces más relevantes.
¡Generales de cinco estrellas, parecen!
Me apunto la reseña, Reinhard, aunque no sé si me será fácil encontrarlo.
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