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jueves, 30 de junio de 2016

Lo viejo



Ayer, el Parlamento catalán, una institución libre de toda sospechosa y carente de cualquier escrúpulo, decidió cesar al director de la oficina antifraude de esa comunidad por las conversaciones con el gafe Fernández Díaz. Estaba cantado, pero lo que no estaba tan cantado era que Ciudadanos se aliase con todos los grupos parlamentarios, excepto el grupo del gafe, para ejecutar ese cese. La cosa es tan novedosa que algunos medios en la órbita nacionalistas resaltan la hazaña y muestran a Junqueras aplaudiendo a un diputado de Ciudadanos tras su intervención. Con lo fácil y hermosa que hubiese resultado la abstención.

Decían que Ciudadanos era  la nueva política, pero esto es viejo, muy viejo: la historia de siempre, la de los acuerdos de los dos grandes partidos de ámbito nacional con los nacionalistas, una norma no escrita que es uno de los pilares de la martingala del 78. Pero antes todas estas trapacerías se vendían mejor con la excusa de la gobernabilidad del Estado, pero ya no tienen sentido ni justificación desde que los nacionalistas se echaron al monte en pos de la secesión. No hay más: Ciudadanos es viejo, y mucho, tanto como Giaruta agarrando una guitarra en plan viejo y progre cantautor para decirnos-oh, cielos-que el Mediterráneo va desde Algeciras a Estambul.

lunes, 27 de junio de 2016

Paisaje después de la batalla



Al final no hubo sorpasso sino hostiazo. La gente, ese sintagma que ha acuñado el tío de la coleta, se ha quedado con la miel en los labios, viendo así frustradas sus expectativas de transformación de la sociedad, hartos como estaban, y siguiendo la retórica marxista, de interpretar el mundo que les  ha tocado en suerte vivir, y decimos en suerte porque sus dirigentes, principiando por el tipo de la silla supersónica, viven del momio de la política y de la siempre segura nómina de la función pública, empleos de las élites extractivas que rigen nuestros destinos desde que se aprobó la reforma política, preámbulo de la carta fundacional.

Pero enfrente tenían a una élite superior de funcionarios, más curtidos y con más trienios en el Régimen, torpes en el manejo de la propaganda pero hábiles a la hora de sembrar el pánico-aunque sea con un Brexit que nos importa un rábano-entre un electorado mucho más conservador que ellos mismos y que además es inmune e indiferente a la corrupción con la que el partido lleva años lucrándose. La historia ha vuelto a repetirse como farsa: ganan y pierden los mismos. Así que la gente deberá esperar otro envite, o simplemente transformarse, mutar en eso que tanto detestan, la casta: las condiciones objetivas ya las atesoran, sólo deben esperar lo que el sistema les garantiza, que es la alternancia.

jueves, 23 de junio de 2016

De la hipocresía



Ha sido criticado el candidato Sánchez, a partes iguales por políticos y tertulianos, por hablar bien del Partido Comunista en particular-ente que desconozco si todavía existe como tal-y de los comunistas en general, ensalzando los ímprobos esfuerzos de ese partido y sus militantes por traer la libertad y la democracia a España. Cansino resulta a estas alturas decir que la democracia que conocemos la trajeron las Cortes franquistas con el patrocinio de Estados Unidos, como tedioso resulta insistir en la buena prensa de la que siempre han gozado los comunistas en España, de ahí que esas críticas al candidato Sánchez resulten tan grotescas como hipócritas.

En una entrevista reciente la señora Cifuentes del PP-dónde irá el buey que no are-decía que nada tenía contra los comunistas, que incluso tenía amigos comunistas, y quién no tiene, o ha tenido, añado yo, un amigo comunista en su vida, como se tienen, o se han tenido, amigos seguidores del Fútbol Club Barcelona o amantes del bingo. El periodista Santiago González, un tipo que al menos una vez a la semana recuerda que él fue comunista, glosa la maravillosa Transición con una metáfora, la del abrazo entre Carrillo y Fraga, que es la de la más absoluta, estúpida asimetría: Carrillo ordenaba matanzas en el Madrid sitiado cuando Fraga hacía la primera comunión.

Porque en el fondo, y con el apoyo impagable de Suárez y el rey, los comunistas ganaron la Transición y buen parte de lo que ha vendido después: de hecho, y más allá del fenómeno Potemos, que ha venido para quedarse, su histórica impronta de ingenieros de almas pervive entre nosotros emboscada entre políticos y tertulianos, dos lacras tan repugnantes como cualquiera de aquellas que siempre adornaron al comunismo, las mismas de las que nunca nos habló el amigo comunista.