El traslado de los presos
rebeldes a las prisiones catalanes nos deparará momentos de gloria a todos los que
un día vaticinamos que estos tipos no se harían viejos en prisión. Sorprende,
en primer lugar, que una autonomía puede tener competencia en una cuestión tan
delicada como el sistema penitenciario, pero es lógico si tenemos en cuenta que
el Estado le cede algo todavía más sensible, como es la educación, por no hablar
del orden público. Pero así es el Régimen que hasta aquí nos ha traído, un
engendro que provoca que se confundan en un solo ente carceleros y
encarcelados. Añadamos a la comedia que si esos presos huyesen por la puerta
principal, a plena luz del día y al trote cochinero deberían ser perseguidos por
la policía autonómica. Y Puigdemont vagando por esos mundos de Dios y renunciando a este espectáculo.
sábado, 7 de julio de 2018
martes, 3 de julio de 2018
Los restos de Franco
El Gobierno ha decidido
desenterrar a Franco del Valle de los Caídos, y al margen de hacerlo por la vía
del artículo 27, que es la más castiza, acomete la empresa con muchas prisas, en el
emblemático mes de julio y hacia el 18, y también con improvisación. ¿Qué hacer
con los restos del Caudillo? Porque ha aparecido la familia del General y contra
todo pronóstico ha dicho que no quiere saber nada de esos restos, y que
al panteón familiar no van.
El debate que se plantea es
interesante, tanto del desde el punto de vista jurídico como humano: ¿se puede
obligar a los familiares más directos a quedarse con unos restos humanos no deseados?
Si una herencia se puede repudiar, lo mismo ocurriría con unos huesos, aunque
un picapleitos diría que esa herencia ya se aceptó en su día, por lo que ahora
estarían obligados, quieran o no, mediante la vía de la adición de inventario. Pero si se acepta la negativa de los deudos, que es lo mínimo para no aumentar su dolor, el Gobierno debería mandar
lo que de Franco quede a una fosa común, aunque ello podría convertir el nuevo
reposo en un centro de peregrinación para los devotos del gallego, que cada vez
son más según las encuestas que nunca se publican, o sea, esas conversaciones
de bar que siempre acaban con un más que melancólico ojalá que vuelva Franco.
No parece recomendable ni
deseable volver a enterrar esos restos en secreto en cualquier monte perdido o campo dejado de la mano de Dios, que luego llega el
perro de un cazador buscando trufas o espárragos y los desentierra, tal que ocurrió con
aquellos desaparecidos Lasa y Zabala, y tenemos un dispendio por el coste del análisis
forense. Tampoco los querría, para tenerlos en su despacho como Franco
atesoraba el brazo incorrupto de Santa Teresa, el nuevo presidente del Partido
Popular, ya que esas gentes nunca han reivindicado los logros del Régimen anterior y
siempre huyen de todo lo que huela a derecha. Subastarlos también es mala
opción, pues a la puja acudirían miles de españoles, más incluso que los que
desfilaron llorosos ante su cadáver para darle el último y afectuoso adiós, lo
que avalaría aquello que casi todos saben y que tanto divulga la Sexta, que el
franquismo sigue vivo. Conclusión esta que no es baladí y que nos conduce a un silogismo
impepinable: si el franquismo sigue vivo es porque goza de buena salud su creador,
luego Franco está más que vivo, hasta colea, y nadie hay bajo la losa de más de mil kilos. Mejor ahorrarse el esfuerzo baldío y el ridículo mundial.
Visto lo visto, y que todas las
opciones son malas y de consecuencias imprevisibles, lo mejor es dejar a Franco
en paz, que es lo mínimo que se debe hacer con los muertos.
lunes, 2 de julio de 2018
El gin
Parafraseando a Lafargue, que
decía que al día siguiente de la revolución debería la gente pensar en
divertirse, algunos separatistas se lo pasan bomba en la Alta Velocidad
Española tomando gin tonics tras girar visita a unos cuantos rebeldes presos. Tiene
la fotografía un aire entrañable de fiesta que choca frontalmente con ese
discurso de la opresión española que se vende a todos los niveles y que ya ha
hecho mella en el nuevo gobierno, cuyo presidente ha dado las órdenes
pertinentes para que esos presos sean trasladados a las prisiones catalanes,
paso previo a lo que será una suelta descarada cuando haya una sentencia firme.
Adiós, pues, a esos viajes a la
Meseta pagados por el contribuyente español, escapadas sentimentales donde confluyen políticos,
periodistas y hasta obispos montaraces para reconfortar a una manada que quiso
romper el consenso del 78 con mucha pena y ninguna gloria. Como esos gin tonics
del tren en vasos de plástico.
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