Estaba cantado que la bandera del PNV, toda una sinécdoque litúrgica, luciría en el ayuntamiento de Pamplona cuando al actual alcalde le diese la gana, véase San Fermín, y a Rajoy, presidente de la cosa en sus ratos libres, le ha faltado tiempo para decir que esa exhibición es una burla al sentimiento mayoritario de los navarros. Pero la hemeroteca es siempre traicionera, y muchos navarros recuerdan la promesa del gallego en la campaña electoral de hace cuatro años, la que garantizaba derogar la disposición transitoria cuarta de la Biblia del 78 y vetar así cualquier posible anexión de Navarra a una gran Euskal Herria. De aquella burla nunca más se supo, de ahí que ahora resulte grotesco escuchar los lamentos de este hombre melancólico que el destino nos ha regalado y que siempre añora lo que nunca jamás sucedió.
Eso sí, para tranquilidad de aquellos navarros inquietos por unos acontecimientos que corren más que los mozos delante de los toros, el estadista anuncia ante tamaña fechoría la presentación de un recurso contencioso administrativo que, como es de ver, no paraliza absolutamente nada pero que justifica la nómina de unos cuantos abogados del Estado, toda una entelequia en las llamadas comunidades históricas. Lo dicho, un cabestro.



