Ha tenido mala suerte el magistrado Enrique López: tanto batallar para llegar al Tribunal Constitucional, demostrando que la judicatura es un mercadillo al servicio de los políticos, y se ve obligado a presentar su dimisión por la comisión de un delito contra la seguridad del tráfico en la modalidad de empinar el codo, saltándose un semáforo que era todo un presagio luminoso: aquí se detiene tu carrera ¿No gozaban sus excelentísimos señores de coche oficial, o desapareció con los recortes? Gafe que se ve incrementado porque esa dimisión, gesto nada habitual en el solar patrio, se presentó el mismo día que el Rey también dimitía de lo suyo: todo un eclipse que deja al ropón en la más absoluta soledad, la misma que acompaña a cientos de personas en el mismo trance en cualquier juzgado de guardia.
Como era de esperar, y dado el talante conservador del magistrado López, la noticia ha sido motivo de honda satisfacción entre las huestes progresistas, las mismas que vetaron una y otra vez su entrada en el Tribunal. También, cómo no, en aquellos que buscan un castigo ejemplar, más todavía, para este tipo de delitos, exigiendo de manera constante mayores penas para la embriaguez al volante y la conducción temeraria. Los mismos que desde los púlpitos televisivos ya buscan condicionar el juicio de López advirtiendo de las consecuencias, en lo referente a su carrera, que para éste tendría una pena de prisión. Personalmente, porque no me gusta hacer leña del árbol caído y porque sé como se cierran estos asuntos en infinidad de ocasiones, prefiero que la defensa y el fiscal pacten para el ropón una pena de trabajos en beneficio de la comunidad: cien días recorriendo las plazas de España para explicar al respetable que la Justicia emana del pueblo y es independiente del poder político.

