De todas las reacciones que ha suscitado el último aquelarre nacionalista en Catatònia la más graciosa, y también la más realista, ha sido la de Rubalcaba, que no ha tenido reparo en afirmar que no pasa nada por abrir la Constitución. Cierto es, no pasaría nada, puesto que en este caso apertura, con incisiones muy precisas, equivale a practicar una autopsia, que no es otra cosa que esa liturgia médico-jurídica que se realiza a todo muerto en circunstancias más o menos extrañas y siempre a la búsqueda de una explicación razonable para tan amargo final. Un muerto, la Constitución, que lleva tiempo apestando y cuyo certificado de defunción nadie quiere despachar, ni defensores ni detractores, quizá porque unos y otros sacan tajada a su manera y sin demasiados escrúpulos.
Tal vez Fredo no haya querido llegar tan lejos y se haya limitado a trazar un símil entre la Carta Magna y un melón, fruta apetecible que hasta que no se abre, por mucho que se agite pegada a la oreja como si se tratase de una maraca, resulta imposible adivinar si es miel o pepino. Melonada, en cualquier caso, la del legislador del 78 y sus herederos y la esquizofrenia política que traen consigo los pactos contra natura, pues creando un estado potencialmente plurinacional no han sabido atender las demandas puramente nacionalistas de unos taifas que se han hecho mayores de edad y desean abandonar la casa común. Procédase, pues, a la práctica de la autopsia y entierro del muerto y ábrase otro proceso constituyente que por malo que resulte no será peor que el vigente.
