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jueves, 21 de octubre de 2010

Catalanadas

Cuando empecé a ejercer una de las profesiones más viejas del mundo, y un poco ha llovido desde entonces, un veterano con mucho oficio me dijo que solamente había una cosa peor y más retorcida que un juez, y eso era un fiscal. Tras ver a un dirigente del PP catalán declarar ante un fiscal especialista en odio y discriminación a cuenta de unos delincuentes rumanos, y con unos cuantos años ya de antigüedad en la cosa, debo decir que sí hay algo peor que un fiscal, y es un fiscal sensible.
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Pepito Montilla promete un salario/préstamo a la generación ni-ni, que es inversión tan ruinosa como los catabonos, porque ni el bachiller ganará la última charlotada a la que se presenta ni los fulanos que lo recibirían iban a devolver un euro. Puestos a ser toreros y socialdemócratas, y ya que nos cortamos la coleta, más coherente y solidario, y quizá también económico, sería prometer enseñanza subvencionada en el Colegio Alemán de Esplugas de Llobregat.
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Trincan a un concejal separatista acusado de pederastia, aunque en su defensa alega que todo principiaba y moría en los pies de los tiernos infantes que con mimo masajeaba. Hace años conocí a un tipo que afirmaba ufano que lo que más le gustaba era que su novia se la menease con los pies: son gustos, como los gelatinosos pies de cerdo. De la pedofilia a la podología hay un paso, un pie: a ver si un fiscal especialista y sensible lo aprecia.
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Un vendedor de prensa acude a Barcelona para decir que la independencia catalana es una quimera y el auditorio, con Pepito a la cabeza, pasa de todo: conocen sus dobleces y travestimos, por eso en la intimidad, que es sagrada y no se debe airear, se descojonan de risa con la edición catalana de su diario y la cancha que reciben los más variopintos separatistas.

miércoles, 20 de octubre de 2010

martes, 19 de octubre de 2010

Hipocresía



Cada cierto tiempo una especie de mantra susurrante recorre la vieja Europa a costa del fenómeno de la extranjería: que si el burka y otras prendas ofenden unos determinados valores, que si los campamentos de cíngaros todo lo enfangan, que si algunos extranjeros son poco productivos y, por contra, copan y colapsan los servicios públicos... Ahora llega Doña Merkel con el idioma, su conocimiento y una voluntad de integración que brilla por su ausencia: flojita, muy flojita, y ya vendrán los matices. Pocos debates atesoran más hipocresía y corrección política que el de la inmigración en una Europa que vive de espaldas a la realidad y a la de sus propios ciudadanos y que marea la perdiz mostrando el diagnóstico pero ocultando el remedio. El modelo multicultural ha fracasado, sostienen algunos con la boca pequeña y mirando hacia su propia retaguardia, que no es otra que un inmenso país llamado Turquía, más de setenta millones de fulanos llamando a la puerta y reclamando la entrada en un club que ya no es precisamente selecto. La hipocresía va de la mano de la más absoluta ingenuidad: lo que de verdad ha fracasado es Europa, su historia, su cultura y su filosofía.