Que la fiesta de los toros pase de interior a cultura no es mala noticia, pero tampoco buena. Entre el siniestro Rubalcaba y la meliflua Sinde hay una alternativa que pasa por la libertad: de la misma forma que solamente el más radical liberalismo saca al hombre de la miseria, es la independencia de cualquier tutela la que salvará al toro y al torero. La fiesta, abonándose a toda esta ola de soberanismo que nos invade, debe proclamarse privada a todos los efectos, ese será su mejor blindaje, y así, como cualquier otra actividad profesional o empresarial, únicamente cuando se vulnere la ley podrá la administración meter ahí su zarpa sancionadora, sin que valgan iniciativas populares ni atropellos similares. Un espectáculo de este calibre debe liberarse de los políticos y su natural querencia a la arbitrariedad, pues no quedará así festejo alguno que lo presida un funcionario ignorante y con ganas de figurar. Tampoco habría que preocuparse mucho por el orden público en un espectáculo en el que, a diferencia de otros más zafios, el incidente más grave es pitar al torero o llamar buey al toro. He ahí la verdadera competencia, el toro que hay que lidiar. Y es que duele ver a figurones del toreo mendigar orejas en plazas tan poco recomendables como un ministerio.
domingo, 17 de octubre de 2010
viernes, 15 de octubre de 2010
Presume...
Hace ya bastante tiempo-algo comenté por aquí-conocí a un tipo que se vanagloriaba de las innumerables detenciones policiales que pesaban sobre sus espaldas. Presumir es como casi todo, un acto de voluntarismo muy ligado a la condición humana que siempre dejará una pincelada sobre la personalidad de su autor, causando admiración o náusea, aplauso o abucheo, o simple indiferencia. Es posible que me traicione el subconsciente, pero el caso es que me acuerdo de aquel chorizo cuando veo a un vacante ministro de trabajo sacando pecho ante los padres de esta patria decadente con sus cifras del paro, presumiendo de haber doblado el número de parados: que las carcajadas no echasen abajo ese teatro de variedades ante tamaña heroicidad demuestra la potencia del anestésico que nos hemos enchufado, aunque deberían ser esos parados doblados los que entrasen allí, al menos para hacer la ola a ese petardo. Y es que este es un país de mucha jactancia, como aquel majadero catalán que vacila de haber denunciado a cientos de comercios que rotulan en español, o niñatos que apalean a otros niñatos, lo graban en un móvil y lo cuelgan en internet buscando alguna clase de reconocimiento efímero, por no hablar del presidente que presume de niñas feas y gordas y las mete en un avión para hacer un posado en las Américas. Del difama... hemos pasado al presume, que algo queda, aunque el resultado final de tanto presumir no sea otra cosa que el bochorno, la vergüenza o el delito.
jueves, 14 de octubre de 2010
Arteche

Ha muerto Arteche. Buen tipo, tan bravo como duro, tan sobrio como noble. Se ha ido joven y sin hacer ruido, muy anticipadamente, como se fue de su equipo y del deporte tras cantar las cuarenta a Gil. Los que tenemos una cierta edad, los mismos que no hemos crecido, y ni falta que hacía, con el dichoso tiquitaca, algo debemos a tipos como él, porque en lo recio y viril de su aspecto, que ya se reflejaba en los cromos que con avidez coleccionábamos, estaba parte de la esencia del fútbol. Tremendos eran aquellos partidos contra el Madrid, sus pleitos verbales y físicos con el soso Gallego, una guerra por capítulos que se libraba en el interior de las áreas mientras se lanzaba desde la esquina. No era de los que fingían buscando una roja ful para el contrario, así que apuntaba la afrenta en una libreta imaginaria y ya pasaría cuentas en algún lance... si había lugar. Quizá los zagueros de hoy sepan salir con la pelota pegada a los pies, soltar un pase de treinta metros o hacer un caño a un delantero ansioso: por eso, entre otras razones, el espíritu de Arteche es de otra época, la de aquellos cromos que rápidamente pasaban de mano en mano y tanto juego daban.
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