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miércoles, 13 de octubre de 2010

Sin un clavel


Dicen que esto se resquebraja por momentos, que el camino de servidumbre es un grotesco corralito en el que habrá que saber moverse bien so pena de perecer, y así, como el que no quiere la cosa y en plena precampaña electoral, la administración catalana lanza a la desesperada una emisión de bonos que permita, si alguien la quiere, atender los pagos más urgentes. Y es que para comprender esto, como todo, lo mejor es acudir al pueblo y dejar de lado a sesudos economistas que marean la perdiz con cifras que mañana ya no valdrán un pimiento. Que la caja pública está llena de telarañas me lo cuenta un amigo, un crack, un tipo que siempre, y con la excusa del arte, ha sabido moverse en el mundillo de la subvención, pues en este país se regala el dinero de todos para crear cualquier cosilla:

Estoy hasta los cojones de los progres de mierda.

Así resume la situación un alcalde catalán y socialista cuando su concejal de cultura le traslada las quejas de los que hasta ahora pillaban, y bien, con la excusa de la artística divulgación.

Aunque tardía, no está mal la respuesta, pero puestos a ningunear, y antes de dar el portazo a tanto pedigüeño, no estaría mal que el alcalde entregase a su concejal miles y miles de billetes de monopoly, pues el arte no deja de ser imaginación y la cultura, si no impostura, es devoción.


lunes, 11 de octubre de 2010

Esto se hunde



Llega para Z. la hora final, la del hundimiento: abandonado por todos y todas, encerrado en su burbuja y víctima del fuego amigo, asiste impotente al desmoronamiento de todos los frentes. El único ejército que todavía figura en los mapas es el compuesto por millones de desocupados, las armas milagrosas no salen de las fábricas por falta de dinero y aquel talante no es más que la metáfora de la ruina .

De él ya solo se espera un gesto viril, aunque es probable, dados los antecedentes, que al grito de bujarrón el último remate la faena intentado huir disfrazado de cualquier cosa, quizá de gótico en Halloween.

viernes, 8 de octubre de 2010

Microrrelato



Hoy día son pocos, jóvenes o mayores, los que saben quién fue, y mucho menos cómo vivió y murió, Willi Münzenberg, el rey indiscutible de la agitación y la propaganda. Una pintura, colgada en el vestíbulo de aquel hotel de Baviera en el que la nieve me había retenido, lo representaba en actitud desafiante, pelo alborotado y miranda penetrante, de loco decían algunos, de genio otros, señalando con el índice a un perplejo magistrado que a duras penas podía mantener el orden en la sala, logrando así su objetivo, una inversión de los papeles que regían el proceso, lo que al final desembocaría en lo ya conocido, en aquello que yo había leído en muchos libros que fielmente retrataban al personaje, y que no era otra cosa que una absolución, pues como Willi decía, y parece que ahora estoy oyendo su alegato, su imputación no era más que una absurda prevención que la constitución de Weimar, desacreditada por todos pero todavía vigente, no permitía.