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miércoles, 10 de marzo de 2010

Crónicas de la caridad


En más de una ocasión, y desde que estalló esta crisis que tanto ha tardado en reconecerse, han saltado a los medios de comunicación noticias y reportajes sobre el aumento considerable del número de personas necesitadas, y no siempre indigentes, que se ven en la obligación de acudir a los albergues y comedores de algunas instituciones-Cáritas la más destacada- de auxilio social y beneficencia, sembrando la amenaza del desbordamiento y el colapso. A este ritmo en la demanda, y si el azar no lo remedia, pronto veremos a monjas, frailes y otros benefactores sociales escribiendo al pie del cañón una suerte de crónicas de la caridad, un duro y crudo relato del final de una época, del inicio de una depresión que ya se venía cantando, y esperamos, pues pedir en estos tiempos no cuesta nada, que lo hagan con la buena escritura de Joseph Roth en sus Crónicas Berlinesas, donde transcribe, capítulo Con los indigentes, el documento que debía firmar todo aquel que acudiese al albergue para indigentes, necesitados y otros hambrientos que había en la Fröbelstrasse, una previsión legal contra el hacinamiento, un reparto de la pobreza.

La declaración

Expediente nº...P.B.

Causa vista en Berlín, el día...de 1.920.

El señor....ha sido requerido a procurarse otra residencia en el plazo de cinco días, en cuyo caso contrario, y sin que pueda alegar que no ha sido capaz pese a todos los esfuerzos realizados por su parte, se le impondrá una pena por la no provisión de residencia. Asimismo se le ha indicado explícitamente que, según el apartado 361 del Código Penal del Reich alemán, esta pena consiste en hasta seis semanas de arresto, y que, según el apartado 362 del mismo libro, podría ser puesto a disposición de las autoridades policiales al efecto de su ingreso en un correccional.

Leído y conforme.

Firma del indigente y afectado.

Firma del policía judicial.

domingo, 7 de marzo de 2010

Genio


He aquí un genio: Wagensberg, Jorge. Según los medios, y no se duda porque no hay tiempo para indagaciones ni verificaciones, reputado doctor en física, director de una museo científico de la Caixa-aunque parezca mentira dicha institución política también invierte en obra social- y Creu de Sant Jordi, poca cosa esta desde que se la dieron a Félix Millet. Blandiendo un estoque y pontificando ante los padres de la patria catalana en favor de la abolición de la Fiesta, pregunta el genio: ¿esto no duele?. Hombre, Jorge, Cruz de ídem, se presume que sí duele, como presumimos que también duelen los pitones del toro en las carnes del torero, aunque ya puestos en manos de la ciencia y la experiencia tampoco consta que sus señorías hayan sido estoqueadas en alguna ocasión-bien les iría, qué espectáculo-para que asientan sin más ante una pregunta tan estúpida como retórica. La subalterna que a Jorge acompaña, escritora la llaman en su plaza, no interviene por no ser necesario. Quizá se esperaban mayores argumentos y mejores artes de un reputado científico, gran cruz del mérito catalán y hombre solvente y preocupado por los inalienables derechos de los animales, de ahí que el diestro abandonara la plaza ante el silencio del respetable.


jueves, 4 de marzo de 2010

El hundimiento


Si observan detenidamente la cara de Pepiño Blanco, tan expresivo para lo bueno y lo malo, tan locuaz pese a lo limitado de sus concetos, verán a un hombre serio, contrariado y asqueado, a punto de estallar, y también verán a un hombre que se asemeja mucho al führer del hundimiento, un tipo encerrado en su búnker que espera la lectura de los nefastos partes de guerra por parte de pusilánimes generales, tristes comunicaciones que decían lo mismo que con sarcástico humor y ya sin ningún miedo manifestaba el pueblo de Berlín, que de una a otra línea del frente se podía ir en tranvía. Pero al margen de esa triste lectura, o quizá como consecuencia de ella, el führer espera el último y final sacrificio, el que otorga el pase al valhalla de los necios: que todos y todas, amigos y enemigos sin distinción de clase alguna, le acompañen en el hundimiento, porque en ello han empeñado sus vidas, porque esto lo vamos a hundir entre todos, fijo.