El camarada Sánchez, que no da
puntada sin hilo, sacó ayer a pasear el fantasma de aquella guerra de Irak a la
que España, como es costumbre, nunca fue. No a la guerra, largaba el camarada
como si aquello fuese la gala de los Goya. Sesudos analistas, firmes defensores
de aquella fotografía del Trío de las Azores, nos advierten, más al pueblo
llano que al resistente Sánchez, que esta guerra y aquella de 2003 son muy diferentes,
que la gente no apoyaba la de Irak y sí está conforme con el ataque contra la
teocracia iraní, y zarandajas por el estilo.
Pero en algo sí que hay una
coincidencia entre ambas guerras, la amenaza de las armas de destrucción masiva,
sean químicas o nucleares en los escenarios del conflicto. Amenaza difusa, o
más bien dudosa, en cualquier caso, puesto que en la guerra de Irak no aparecieron
esos arsenales y sobre Irán qué decir, pues que llevamos años y años escuchando
al primer ministro israelí advirtiendo al mundo que ya sí, que los ayatolás
tienen bombas nucleares y que Occidente, ese faro del wokismo, será arrasado
por ellas. Y aquí estamos, vivos y coleando y haciendo largas colas en las
gasolineras para llenar el depósito del coche, que el motor eléctrico no seduce
al personal. Decía el clásico que la guerra es la continuación de la política
por otros medios. También es cierto que en muchas ocasiones la guerra no es más
que una cortina de humo para tapar escándalos y vergüenzas.

