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sábado, 12 de marzo de 2011

Cuatro cartas y un legado (y V)


Por Memoria

-¿Cuándo tuvo conocimiento de esto?- le pregunté sin dilación, con la certeza de que el tiempo se agotaba con la misma rapidez con la que las cartas habían sido despedazadas.

- Desde el primer momento, casi desde que llegaron, todas tan seguidas en el tiempo que parecían un coleccionable por fascículos, y lo supe porque mi madre se encerraba en su cuarto y las leía, como leía ella, en voz alta y muy despacio y con torpeza, una y otra vez, siempre a la misma hora, al llegar derrotada tras haber pasado diez o doce horas limpiando casas o despachos, y sé con absoluta seguridad que lo hacía con la secreta esperanza de que otra lectura de las cartas, una revisión concienzuda de cada una de las palabras, pudiera abrir alguna puerta a la esperanza, hallar algo que demostrase que el mito seguía vivo, que todo podía ser una broma, que ella a duras penas sabía leer y escribir y que quizá algo se le escapaba porque no sabía interpretar las palabras ni leer entre líneas. Cuando salía de aquella cámara de tortura suspiraba profundamente para contener el llanto que a buen seguro dejaría escapar más tarde, al acostarse vencida por el cansancio y por la vida, desvanecida ya la esperanza de hallar otras cartas aclaratorias en el buzón, letras que nunca llegaron porque ya todo había sido escrito. Quizá por eso aceptó con indiferencia, sin duelo, la noticia de la muerte de su padre poco tiempo después, conocida a través de un escueto telegrama que remitió uno de sus amigos americanos y por la que no derramó ninguna lágrima, pues la muerte del héroe ya la habían traído estas cartas que usted acaba de leer.

Ahora era ella la que suspiraba para tomar impulso y continuar con el final de un relato que también pasaría cuentas con su propia vida, que cerraría un capítulo sangrante, el último y definitivo, de una leyenda que había perdido hasta la épica, si alguna vez la tuvo, y fue en ese momento cuando pude ver en sus ojos un brillo hasta entonces desconocido y con el que resultaba otra mujer diferente, nueva. Su madre le entregó las cartas poco antes de morir, atadas con una goma y guardadas en un viejo bolso, el de toda la vida, el mismo que llevó consigo al hospital de enfermos terminales y en el que guardaba las cosas más variopintas, desde fotos de sus hijos hasta viejas entradas de cine. Las leyó con rabia junto a la cama en la que la enferma yacía adormilada, escuchando una respiración cada vez más débil, la única señal que emitía un cuerpo sin conciencia por los efectos de la morfina, y supo con tanta rabia como dolor que todo había sido una broma macabra, una burla por la que todos habían pagado un precio demasiado elevado, tan caro que por eso aceptaban ahora la herencia que el abuelo les dejaba, para compensar un poco la injusticia, y también porque necesitaban ese dinero, porque su destino, como el de mucha gente que nace en la derrota, y eso ya nadie lo cambiaría, eran la pobreza y la adversidad.

Pese a mi insistencia, tal vez justificada por la melancolía que lleva consigo cualquier clase de despedida, no permitió que la llevase en coche hasta su casa, aunque aceptó mi paraguas con una sonrisa que me devolvió un poco la alegría y que revelaba, además de una belleza marchitada por demasiadas penalidades y que yo hasta ese momento no había sabido apreciar, que por fin había soltado el pesado lastre que la atormentaba desde hacía muchos años, el que había heredado desde que nació y que ahora, eliminado cualquier posible vínculo con Liberto, desaparecía por completo. Sólo existen los héroes en las leyendas, fueron esas palabras su lacónica despedida, y las pronunció con una cierta euforia, como eufórico y afectuoso fue el abrazo que me dio antes de meterse en la boca del Metro y dejarme allí plantado, inmóvil bajo la lluvia mientras la veía alejarse escaleras abajo con paso ágil y decidido, quizá para siempre, como un día se fue su abuelo, para no volver jamás. Miré el reloj y comprobé que todavía tenía tiempo y ánimo para liquidar mi presente más actual y devolver a la biblioteca aquel viejo libro que ahora ya poco más podía ofrecerme.

5 comentarios:

Javier Tellagorri dijo...

Reinhard, excelente literatura la que haces.Y con mucha filosofia buena de la vida.
Felicitaciones.

tolerancio dijo...

Magnífico relato

Mercedes dijo...

Me ha gustado mucho...y al final, renace una brizna de esperanza.. .

Reinhard dijo...

Gracias a los que han seguido la historia y han participado.

Chippewa dijo...

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Excelente relato de ritmo insuperable. A ver si se prodiga.

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