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jueves, 21 de septiembre de 2017

Un hombre sin Estado



Ayer noche, en hora de máxima audiencia televisiva, d el Presidente del Gobierno compareció de manera solemne para dar cuenta de las medidas adoptadas contra el desafío separatista. Aseguran algunos que vivimos un momento histórico pero lo cierto es que el único que está haciendo historia es Felisuco. De la comparecencia resaltar que Rajoy usó dos veces la expresión podemita la gente, una vez dijo parlamén y otra cheneralitá, lo que evidencia que al menos en lo relativo al lenguaje, casi siempre perverso, nuestro hombre va en la onda de los enemigos del Estado, que son legión y que ya hasta se manifiestan en la Puerta del Sol.

Por otra parte, y no es baladí, las entradas y registros y las detenciones practicadas ayer obedecen a una orden de un juez de Barcelona como consecuencia de una denuncia de VOX, partido por el que el Presidente no siente gran simpatía, y no por una orden del Gobierno a la Guardia Civil. De Fraga se decía que era un estadista sin Estado y de Rajoy bien se puede decir que es un hombre sin Estado-aunque lleve toda su vida amorrado a sus ubres-al que un vulgar rufián le exige que saque sus sucias manos de una parte de la nación. Por ello resulta preocupante su exigencia final a los rebeldes para que eviten males mayores: ¿la independencia, tal vez?

lunes, 18 de septiembre de 2017

El precio de la farsa



La última aportación de María Soraya al problema catalán ha sido, como es marca de la casa, una boutade: para afear a los rebeldes una conducta sufragada por el Estado que consiste en liquidar a su manera y en su feudo el Régimen del 78, la señora les ha dicho ¡con tanto trabajo que nos costó conseguir las libertades! Obviamente, y al  margen de que María Soraya usa el plural mayestático, pues cuando el Caudillo fue llamado por el Altísimo ella gastaba chupete, el reproche no tiene un pase, pues las libertades llegaron solitas, o de la mano de las Cortes franquistas, tras la muerte en la cama del Jefe del Estado.

Se principia falseando la Historia para encubrir extraños complejos de culpa y se acaba haciendo el juego a los enemigos del propio sistema, que de la falacia del coste de las libertades y la lucha antifranquista-que fue una oposición tan dura como la que sufre el régimen norcoreano de Kim Jong-Un-a la afirmación de que con Franco no se podía hablar catalán sólo hay un paso, el de la perversión del lenguaje, pero María Soraya es abogada del Estado, y colegas suyos fueron los amanuenses de un texto constitucional que nos legó el engendro perverso de nacionalidades y regiones. Y qué es una nacionalidad sino una nación, se pregunta el vulgo inocente mientras escucha aterrado a sesudos tertulianos hablar sin parar de un 155 que brota de la misma fuente que las nacionalidades. Todo, pues, es una farsa, una estafa, o un disfraz.

viernes, 15 de septiembre de 2017

La procesión del silencio



Javier Arenas, del que no se conoce oficio pero sí mucho beneficio, ha dicho sobre el contencioso catalán que la minoría silenciosa tiene que reaccionar ante la minoría extremista. La sentencia no deja de tener su gracia viniendo de un senador que si por algo se caracteriza desde hace muchos años es por ir a tan ilustre cámara de próceres a trincar el sobre mensual y no abrir la boca, pero también es una demostración de la actitud de su partido y del gobierno en este cansino problema: no hacer nada y que sean los afectados los que planten cara al desafío separatista.

Uno pensaba, en la tradición más liberal de las grandes naciones y asumido que los ciudadanos carecen del monopolio de la fuerza legal y tampoco tiene derecho a portar armas, que la cosa era al revés, que es la mayoría silenciosa la que se encomienda al gobierno para que no se impongan los extremistas, pero para el ínclito e incombustible Arenas-en la misma senda que su compadre Albiol, que se va del escaño abandonando la bandera-ha de ser esa mayoría silente y doliente la que se enfrente a los rebeldes sin más coraza que su excelente talante democrático, cara bonita y anchas espaldas. Sólo la gracia andaluza de nuestro senador tolera tamaña estupidez.