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sábado, 5 de marzo de 2011

Cuatro cartas y un legado (I)


Por Memoria

Me quedo hasta muy tarde en la biblioteca intentando averiguar cosas y detalles sobre la vida del personaje que tanto y sin saber muy bien el motivo me seduce y apasiona, el que con una magia incomprensible me envuelve desde hace días, y tan tarde se hace que el encargado, un chaval con pinta de estudiante que allí y a media jornada se saca algo de dinero, me mira de reojo y suspira cada vez que cierro un libro y abro otro, pues soy el último que allí queda leyendo y tomando notas, y aunque no sea todavía la hora de apagar las luces y echar el cierre es fácil intuir que el buen hombre, sin mi insistencia y pesadez, estaría ya en el bar de abajo viendo el fútbol europeo, disfrutando de los cigarrillos que en esta sala de altísimos techos tienen prohibidos y que él saborea a hurtadillas en ese archivo improvisado donde se guarda la fotocopiadora a la que con frecuencia me dirijo. Es curioso y sorprendente, me dice un viejo amigo que está al tanto de mis andanzas, el abandono casi total al que tengo sometidos los textos jurídicos y códigos legales, su sustitución por los libros de historia y los diarios de la época, ver cómo y de qué manera me he dejado llevar por la personalidad de Liberto, el tipo del que recopilo toda clase de información, estudios y reseñas desde que recibí en mi despacho la visita de sus dos nietos, los únicos parientes con vida que reivindicaban una pequeña herencia que por arte de magia y casi veinte años después de la muerte del causante había aparecido en un lejano país de América, el mismo al que mi personaje llegó tras el final de la guerra y en el que tuvo conocimiento de su inclusión en el gran proceso incoado por los vencedores contra aquéllos que como él, vae victis, habían perdido la guerra y también la historia. Los libros y noticias que por riguroso orden de aparición y publicación obtengo de la hemeroteca me hablan de un crío que llega a Barcelona procedente de las frías e inhóspitas tierras del Pirineo huyendo de la miseria ancestral de unas comarcas para las que el cambio de régimen no había significado otra cosa que la aparición de nuevos alcaldes y concejales y la implantación de la bandera tricolor, aunque por entonces, y con la República aparentemente consolidada, Liberto, nuevo nombre adoptado en la pila revolucionaria, ya era casi un mito en Barcelona a pesar de su juventud. El bibliotecario respira aliviado cuando ve que me levanto y recojo mis cosas, mira el reloj que cuelga de la pared y me dice que mañana, pues sabe perfectamente que a la misma hora volveré a mi personal y desinteresada investigación, me hará la ficha de préstamo, y que sin mayor dilación puedo llevarme el viejo libro que acaricio con mimo y que relata las andanzas de mi personaje, ese revolucionario del que tan poco saben mis clientes.

Salgo al exterior con paso firme pero sin rumbo alguno, y en la oscuridad que trae la noche invernal me adentro por las calles del casco antiguo, las mismas por las que discurrió la vida de Liberto, sus primeros delitos y encontronazos con la ley, detenciones y malos tratos en comisarías y cuartelillos, el robo y otros delitos al servicio de la revolución como coartada perfecta para aligerar la culpa, pero también sé con certeza que ya estoy recorriendo, a través de caminos superpuestos y entrelazados, la pista por la que se desvanecen sus últimos instantes en esta ciudad antes de meterse en la desbandada general que trae consigo el final de la guerra, cuando seguramente sus pensamientos eran invadidos por aquellas víctimas del pasado que en su conciencia y desde hacía tiempo bailaban y que lo habían convertido en un hombre atormentado, aunque también sentía en su cogote, y con ello sacaba fuerzas de flaqueza, el aliento de los verdugos, el aire de un futuro que galopaba a ritmo vertiginoso y con fuego de artillería y que venía a saldar cuentas sin compasión, así lo anunciaban las octavillas lanzadas por los aviones, garrote y prensa decían los que ya habían vencido, y es que ya no era cuestión de días sino de horas, muy pocas, las mismas que le quedaban para alcanzar la frontera francesa por caminos atestados de fugitivos sin distinción de edad ni condición social, padres e hijos de la derrota para los que se iniciaba un calvario que en muchos casos tendría su continuación en la guerra que asomaba en el horizonte europeo. Paso junto al Café de la Ópera y creo escuchar las canciones de la época, los gritos desaforados que emergen de las entrañas de las huelgas, siempre revolucionarias y apocalípticas, los disparos de unos policías que primero acosaban a los huelguistas y que más tarde, iniciada la contienda y con ella, así decían algunos, la auténtica revolución, se aliaban con sus abanderados por acción u omisión, por convicción o pragmatismo. Percibo como propia la euforia de mi personaje en aquellos momentos de gloria, cuando cambió su nombre original, como Salvador lo bautizaron, por el de Liberto, y siento su desesperación y puedo compartir su rabia ante el ocaso del sueño y el final de la aventura a la que la miseria, según relató a un historiador cuya obra prestada llevo bajo el brazo, le arrastró sin posibilidad de tomar otro camino, sin poder adoptar otra postura coherente que no fuera abrazar una causa utópica y huir hacia adelante, dejando al margen de su conciencia cualquier sentimiento que no fuera compatible con su apuesta. La evocación de una época que me absorbe y me roba el sueño desde hace días no me impide contemplar la miseria que sigue presente en las calles por las que ahora me muevo con mucho sigilo, la misma dejadez y suciedad que por fuerza tuvo que conocer Liberto, sufrirla en sus carnes, primero con su frenética actividad sindical, cuando recién llegado del pueblo malvivía en un barrio de chabolas y poseía una instrucción tan deficiente que apenas podía leer los panfletos y diarios que por aquí mismo se encargaba de repartir, y más tarde, y ya en plena guerra, con la caza y captura de los desafectos a la causa, enemigos de los que siempre colgaba el cartel de burgueses y reaccionarios, un cajón de sastre, un cliché que lo mismo servía para un empresario que para un funcionario, un religioso o un policía, quintacolumnistas que terminaban en los centros clandestinos de detención, checas en las que él, con su pistola al cinto y cara de pocos amigos, era amo y señor...

(Seguirá)

3 comentarios:

Mercedes dijo...

Ya me tiene intrigada a mí también este liberto. Espero la segunda parte

tolerancio dijo...

Y a mí. Checas y chequistas: todo un universo por explorar con arreglo a la "memoria histórica". Un verdadero filón...

Los productores de cine patrios y nuestros actores, tan imparciales y poco sectarios, darían lo que fuera por llevar las andanzas de ese Liberto a la gran pantalla manejando, acaso, escena de gran verismo histórico, collarines electrificados para mortificar a los represaliados en las checas de Barcelona, sin ir más lejos.

A la espera de la nueva entrega.

Javier Tellagorri dijo...

Excelente relato y con buenísimo estilo, además de muy ameno.
Quedo a la espera de lo que sigue.