Pensarán ustedes, queridos
compañeros de esta Legión, que me he aficionado a la inefable Sánchez Camacho,
pero es que si uno debe resumir este sainete de la independencia tiene muy
complicado hacerlo de manera gráfica sin recurrir a la fotografía de esta señora,
amén de la no menos inefable Levy, con el rebelde Puigdemont y el cafelito de
marras. Y decimos sainete porque visto el buen rollito y las risas y aplausos
entre los actores, mucho de cómico tiene esta historia, tanto que uno ya duda del
numerito consistente en abandonar los escaños y dejar las banderas,
inclinándose por creer que era otro elemento más de un atrezzo ya insoportable, en este
caso para la hazaña de una vieja podemita que, con cachondeo generalizado, trincaba esos símbolos en una
sala que ya era un manicomio.
Quizá quede gente que todavía,
con un poco de razón pero con mucha ingenuidad, invoque a Churchill con el
reproche a Chamberlain, deshonor y guerra a la vez, pero es algo demasiado serio, por histórico, acudir a personajes que
son patrimonio de grandes naciones. Aquí, mucho más mediocres, tras un intento de secesión en toda
regla, unos y otros toman un café que, para desgracia del vulgo, no es para
todos, sólo para ellos, por lo que la única cita de la que se puede echar mano
es, mutatis mutandi, la de aquel
ilustre catalán, Josep Pla: ¿y esto quién lo paga? Fácil es la
respuesta.



