Sigue intacto el tórrido verano,
el peor en no se sabe cuántos años, y la vida sigue igual: lo de Ceuta no mejora,
el camarada Sánchez sigue con impasible ademán y los tertulianos aseguran que
ya sí, que esto es el final del sanchismo.
Pero, sin perder de vista el factor
invasor, demos una vuelta por Cataluña y echemos un vistazo a la más reciente
crónica de sucesos. Un honrado ciudadano, buen padre de familia y vecino
ejemplar por todos queridos es vilmente asesinado por unos menores de edad.
Blanco y en botella, exclama el vulgo indignado cuando se especula por la
nacionalidad de los verdugos. Las primeras pesquisas de la policía autonómica apuntan
a que los presuntos autores son viejos conocidos, pero si son tan jóvenes, o jovenlandeses,
ya son viejos conocidos y andan sueltos, sigue preguntándose el manresano de a
pie. Horas después, la consejera del ramo tranquiliza a la población y dice que
los dos detenidos ¡han nacido en Cataluña! ¡Albricias!, saluda el personal
progresista, como aquellos del atentado de las Ramblas, quedándose más tranquilo porque de esta guisa no cundirá la xenofobia,
si bien ya corren por redes sociales fotografías de los presuntos que confirman
lo que todos sabíamos y que es más de lo mismo, que si el ius sanguinis y el
ius soli…
La guinda la pone el alcalde del
lugar del crimen, un tal Marc, que se pregunta cómo es posible que menores de
edad vayan armados y actúen con esa extrema violencia. Hay que joderse, Marc, hay
que joderse.

