Que la aplicación suave del 155
traería situaciones surrealistas era una verdad incuestionable que hasta los
flabelíferos del gobierno reconocían entre tertulia y tertulia. La televisión
autonómica en permanente agitación, los maestros con el agit-prop de toda la vida y hasta los bomberos catalanes, a lo Fahrenheit 451, acudiendo en procesión a
Bruselas para homenajear a un Fuigdemont que todavía puede ganar unas elecciones
que jamás debieron convocarse: la vida sigue igual. Ya decía Rajoy que el
dichoso artículo era muy complicado, de ahí que acorralado por las
circunstancias y haciendo gala de su talante morigerado optase por meter sólo
la puntita, nada más.
Y surrealista, entre otros, es el
episodio de las obras de Sijena, ya que una autonomía
presuntamente intervenida no debería permitir que uno de sus delegados de
cultura amenace con quitar servicios sanitarios a Aragón si el traslado se consuma. Pero así esta España autonómica del Estado de partidos, la misma que
propicia que si un padre exige que su hijo se escolarice en castellano en la
región valenciana reciba como respuesta del director del colegio que lo mejor
es que se lleve al niño a Cuenca, que también existe. Tamaña y gentil
recomendación encierra en sí misma una idea de nación que, desprovista de
mecanismos de defensa, no es que esté invertebrada, es que está descabezada.
Pero lo importante, cantan los flabelíferos, es el traslado a Sijena, que
demuestra que la ley se cumple, y se acata, como los excarcelados por el juez Llarena acatan el
155.



