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domingo, 7 de julio de 2013

Del laconismo


El Partido Popular manifiesta, como ha hecho siempre, respeto a las decisiones judiciales en todos los procedimientos.

De esta guisa, con pocas palabras y sin la cobertura del plasma, despachaba el Partido el encarcelamiento del que fuera su tesorero. Bien está, aunque puestos a moverse en el terreno de la retórica y sin abandonar el formato del telegrama, quizá hubiese sido conveniente añadir el término acatamiento, más rotundo para reforzar tamaña indigencia intelectual. Hay una pereza en el Partido que es extensible al gobierno y su presidente y que sirve, en general, para que el discurso vacuo adquiera esa categoría de declaración institucional que tanto indigna a los medios y tan indiferente deja a la masa. Es la muletilla del ya escampará que el presidente aplica a todos los órdenes de su vida y que en política lo mismo sirve para el ámbito doméstico que para la Europa de los pérfidos mercados. La estrategia, en fin, de Don Tancredo que con tanto éxito se aplica en Cataluña-paradigma de administración que ni respeta ni acata las decisiones judiciales-para la lidia del toro separatista. Lo malo es que ahí, en el Ostfront, no parece escampar, quizá porque no haya un garante del cumplimiento de la ley, quedando el Fiscal General del Estado para la defensa de esas extrañas contiendas que siempre se dirimen en el Foro y nunca en la provincia.

jueves, 4 de julio de 2013

La otra Cataluña



Catatònia es dual: frente al aquelarre independentista del pasado sábado, donde brilló con luz propia el delirio de una casta política y su inseparable masa amorfa, la espontaneidad de los paisanos de Sabadell para promocionar su ciudad y comercio. Y cantando en castellano, si bien eso, como demuestra Ramoncillo de Vallecas, no es garantía de nada. Frente al estreñimiento permanente que exhibe en su rostro Muriel Casals,  incomprensible si se tiene en cuenta la pasta que se lleva como presidenta de Òmnium Cultural, el desenfado completamente desinteresado de los vecinos que se marcan este bailoteo. Es la gran ventaja de transitar por la vida al margen de la política, un espacio en el que, como bien decía Tarradellas, se puede hacer cualquier cosa menos el ridículo.

martes, 2 de julio de 2013

En el ocaso del tiqui-taca


Pese a que desde hace tiempo el fútbol me importa más bien poco, aguanté hasta las dos de la madrugada frente al televisor-meritorio tratándose de Tele5 y sus desgraciados comentaristas- para ver esa castaña de la Copa Confederaciones con la esperanza de que algo interesante sucediese. Y algo hubo. Hasta ahora el tiqui-taca, una táctica que consiste en marear la pelota hasta que el rival sucumbe por aburrimiento, trascendía a lo puramente futbolístico y acababa siendo una suerte de terapia política que garantizaba una cierta cohesión social: con un país quebrado y sin que se vea la luz al final del túnel, los éxitos de la selección nacional servían para tener entretenido y feliz a un personal que el resto del año estaba abonado a la melancolía y el cabreo. Incluso algún soplapollas acuñó el cromático término de La Roja para así evitar pronunciar España, lo que sin duda constituía una prolongación de Ley de Memoria Histórica de Zapatero, todo un ajuste de cuentas retrospectivo y guerracivilista parapetado tras el deporte.

Jugamos con un falso nueve, tenemos un marqués apócrifo, algún jugador no se siente muy español y gastamos un nombre para este combinado autonómico que suena a menstruación: demasiados factores anómalos para tanto éxito ininterrumpido. Pero todo tiene un final, y así lo advertía el seleccionador brasileño, un tipo discreto que supo leer perfectamente el partido: que a este invento, los únicos brotes verdes que asomaron durante el zapaterismo, le quedan dos años, que no es poco para seguir explotando el hallazgo en términos sociopolíticos y como implante más o menos aceptable en una España invertebrada. Pero ahí queda este anticipo de lo que puede ser el ocaso del tiqui-taca, un amargo despertar para aficionados y políticos.