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martes, 19 de mayo de 2026

Clásicos malditos

 


El matrimonio

El género femenino lo exige y lo espera todo del masculino, a saber, todo lo que anhela y necesita. El masculino le pide al femenino, en principio y fundamentalmente, solo una cosa. De ahí que haya sido necesario crear la institución según la cual el género masculino puede obtener la sola cosa que pide, a cambio de asumir el cuidado del todo, incluyendo el cuidado de los hijos surgidos de la relación; en esta institución se cifra el bienestar de la totalidad del género femenino.

No se va al matrimonio en busca de una conversación ingeniosa, sino para engendrar hijos; el matrimonio es una alianza de corazones, no de mentes. El que las mujeres a veces afirmen haberse enamorado del espíritu de un hombre no deja de ser una pretensión frívola y ridícula, o acaso la exageración de un ser anormal.

Casarse sólo por “amor” y ni lamentarlo enseguida, es más, el mero hecho de casarse, es como meter la mano en un saco, esperando sacar a ciegas una anguila entre un montón de serpientes.

En nuestro segmento monogámico del mundo, casarse significa reducir a la mitad los derechos propios y duplicar sus obligaciones.

Casarse consiste en hacer todo lo posible para provocarse asco mutuamente.

Los matrimonios felices, como bien se sabe, son escasos.

Las leyes europeas del matrimonio equiparan a la mujer con el hombre, y parten, por lo tanto, de una premisa falsa.


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