El matrimonio
El género femenino lo exige y lo
espera todo del masculino, a saber, todo lo que anhela y necesita. El
masculino le pide al femenino, en principio y fundamentalmente, solo una
cosa. De ahí que haya sido necesario crear la institución según la cual el
género masculino puede obtener la sola cosa que pide, a cambio de asumir el
cuidado del todo, incluyendo el cuidado de los hijos surgidos de la relación;
en esta institución se cifra el bienestar de la totalidad del género femenino.
No se va al matrimonio en busca
de una conversación ingeniosa, sino para engendrar hijos; el matrimonio es una alianza
de corazones, no de mentes. El que las mujeres a veces afirmen haberse
enamorado del espíritu de un hombre no deja de ser una pretensión frívola y ridícula,
o acaso la exageración de un ser anormal.
Casarse sólo por “amor” y
ni lamentarlo enseguida, es más, el mero hecho de casarse, es como meter la
mano en un saco, esperando sacar a ciegas una anguila entre un montón de
serpientes.
En nuestro segmento monogámico
del mundo, casarse significa reducir a la mitad los derechos propios y duplicar
sus obligaciones.
Casarse consiste en hacer todo lo
posible para provocarse asco mutuamente.
Los matrimonios felices, como
bien se sabe, son escasos.
Las leyes europeas del
matrimonio equiparan a la mujer con el hombre, y parten, por lo tanto, de una
premisa falsa.


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