Que Occidente es ya una sociedad
distópica es una realidad inapelable que no admite discusión alguna, un dogma
absoluto que deja en pañales otras distopías que triunfaron en la literatura y
el cine. Reino Unido aprueba una reforma de la vigente ley sobre el aborto que
haría las delicias del feminismo más radical: será legal la interrupción del
embarazo hasta el momento del nacimiento. Tal como suena: los decadentes Lores
de su majestad ya no entran en disquisiciones-para qué-sobre el nasciturus y su
viabilidad o si estamos o no ante lo que se pueda considerar una vida humana.
Obviamente, debemos pensar que,
llegado el caso, o más bien el asesinato de un feto de nueve meses, o casi, los
médicos, habrá que llamarlos así, procederán a la comisión del crimen con ese cuerpo todavía en el seno materno, y que se hará con alguna solución química, vulgo
veneno, y que ello no ponga en peligro la salud de la madre, aunque tampoco hay
que descartar métodos más violentos. Posteriormente habrá que extraer al difunto
del interior de la madre y echarlo al cubo de la basura. Sobra decir que para
cumplir con la exigente legislación medioambiental esos restos serán incinerados,
ya que lo contrario podría suponer severas multas para los infractores.
No es necesario desarrollar mucho que esta delirante
decisión del legislador británico tendrá poco predicamento entre la cada vez
más numerosa comunidad musulmana: seguro que sus líderes políticos y religiosos
tomarán debida nota para el momento en que en esa ciénaga, la de los decadentes
Lores, pase a ser regida por ellos mismos y nadie más. Ya queda menos.


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