Decíamos ayer, a cuenta del terrorismo
etarra, que el aparente vencedor había sido derrotado en la práctica, en el día
a día, que al final es lo que cuenta a la hora de hacer balance. En este
sentido, van cayendo como gota malaya anécdotas sangrantes que dejan en
mantillas la máxima penal de corte socialdemócrata que nos dice que hay que
odiar el delito y compadecer al delincuente. En verdad, hay que compadecer a la
víctima, y por difeerntes razones.
Y así, descubrimos que un etarra
con largo historial en asesinatos cuenta con el apoyo del fiscal para que
cuando obtenga la libertad, o un tercer grado que le permita tomar vinos con
sus paisanos, pueda estar relativamente cerca de las víctimas de sus fechorías,
de 50 kilómetros impuestos en sentencia a sólo 50 metros, ahí es nada. Si bien
se trata de un tecnicismo que admite diferentes interpretaciones, no deja de
ser curioso que el representante del ministerio público tenga el mismo celo que
la defensa del terrorista en facilitar una cómoda y más tranquila reinserción
social del verdugo.
Al final, no será descartable que
las víctimas, para no sufrir más escarnio, sean las que deban alejarse de los
criminales marchando bien lejos para no entorpecer la relación del criminal con
sus seres queridos. Y ello por mandato legal y recogido en sentencia. Lo
dicho, la derrota del vencedor.


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