Con su ironía habitual, Arcadi Espada se hacía eco de la más que evidente depresión de Mariano. No haremos broma con la melancolía del personal ni tampoco con el hecho de que deba ser el ministro del interior, un cenizo de reconocido prestigio y escasas luces, el que haga las veces de Prozac improvisado y despachado sin receta, ni siquiera, y ya daría juego, con la indiscreción de la tal Camacho, una pescadera metida en política. Pero tiene su miga que poco después de esa llamada se conozca la enésima gracieta del Partit Popular Català, o cómo pasar del pacto fiscal al pacto fecal.
No buscar la confrontación, no alzar la voz, no quedarse aislados y cabalgar, en fin, a lomos de la estulticia en pos del abrazo con el enemigo: ahí quedan los pilares básicos de una franquicia más, por si pocas fueran, del nacionalismo catalán. La Transición, una de las castañas más sobrevaloradas de la historia nacional, inoculó el veneno del pactismo a cualquier precio en una sociedad lanar, y contra ello no parece haber antídoto posible, por lo que, vista la defensa de los intereses nacionales que hacen algunos, ya sólo procede el rescate por parte de alguna autoridad extranjera.


