Que la izquierda y sus satélites
mediáticos, entre ellos los siempre ambiguos tertulianos del centro centrado,
tienen la piel muy fina es algo notorio que no merece la pena explicarse más
allá de la simple mención anecdótica. Y así, ayer, mientras el zascandil Errejón
hablaba sobre los problemas psicológicos que provoca la pandemia, un diputado
del Partido Popular lanzó un grito para recomendarle que se fuese al médico. Se
desató la bronca y se puso al gritón en la picota. Casualmente, unas horas
antes el camarada Iglesias soltó una de sus habituales soflamas para decir que
se presentaba por Madrid para acabar con los criminales que allí gobiernan.
Nadie le afeó esas palabras al heredero o legatario de aquellas sacas tan
madrileñas, si acaso el pequeño reproche-sólo la puntita-de que para tal
injuria había utilizado su despacho oficial de vicepresidente de la ruina y la
infamia.
Algo parecido ocurrió cuando el
intrépido Echeminga defendía en el mismo espacio la hoy tan de moda eutanasia y
un diputado, también del Partido Popular, le dijo a viva voz que parecía
mentira que un tipo como él abogase por esa muerte dizque dulce que discurre por la vía
rápida y con amparo legal. Otra bronca se desató entonces invocando tamaña
falta de sensibilidad para con el diputado podemita. Y es que a la derecha, más o menos
centrada, no se le permite ya ni el ingenio del vituperio. Como para plantear
otras batallas de más enjundia. Acabáramos.


