Con Ciudadanos, y en especial con
Rivera, bien puede decirse aquello del niño en el bautizo, el novio en la boda
y el muerto en el entierro. Dónde irá el buey que no are, o que no sea
vilipendiado; y así, con motivo de los fastos del orgullo gay en Valencia,
Ciudadanos, como todos los demás, allí se plantó con su carroza o vehículo
asimilado para recibir improperios, insultos de fascistas y alguna que otra
agresión. Que la política es la lucha por el poder está muy claro y no es
necesario extenderse en ello más allá del enunciado, pero en el caso del
partido naranja es ansia más que lucha.
En muchas ocasiones el don de la
ubicuidad del líder roza lo divino, como no podía ser de otra manera, y el día
después de las elecciones generales andaba el hombre por Madrid y por Bruselas
a la vez, quizá porque pensaba que tras el Brexit su presencia y ánimo eran
fundamentales en la deprimida capital europea del momio. Como dejó escrito
Shakespeare, el que espolea demasiado, enseguida se sofoca, y el que devora
ávidamente, se ahoga. Y ya más castizo, no siempre aquello de maricón el último
tiene que ser malo, que ya dicen que los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.



